sábado, 1 de setembro de 2007

Seguir a Cristo, servo no último lugar, Beato Carlos de Foucauld (1858-1916)

eremita e misionário no SaharaRetiro, Terra Santa, Quaresla 1898
[Diz Cristo:] Vede o meu cuidado para com os homens e observai como deve ser o vosso. Vede a minha humildade perante o bem dos homens e aprendei a baixar-vos para fazerdes o bem..., a tornar-vos pequenos para conquistar os outros, a não recear descer, perder os vossos direitos quando se trata de fazer o bem, a não acreditar que, descendo, se perde a capacidade de fazer o bem. Pelo contrário, quando desceis, imitais-me; ao descer, empregais, por amor dos homens, o meio que eu mesmo empreguei; ao descer, caminhais pelo meu caminho e, por conseguinte, na verdade; e ocupais o melhor lugar para terdes a vida e para a dardes aos outros... Eu ponho-me ao nível das criaturas pela minha encarnação, ao nível dos pecadores... pelo meu baptismo: descida, humildade... Descei sempre, humilhai-vos sempre. Que os que são os primeiros se mantenham sempre no último lugar, por humildade e por disposição de espírito, num sentimento de descida e de serviço. Amor dos homens, humildade, último lugar: sempre no último lugar enquanto a vontade divina não vos chamar a ocupar algum outro porque, então, é preciso obedecer. A obediência antes de tudo, a conformidade à vontade de Deus. Quando estiverdes no primeiro lugar, mantende-vos no último em espírito, pela humildade; ocupai-o em espírito de serviço, dizendo a vós mesmos que só estais aí para servir os outros e conduzi-los à salvação

Domingo 22 Tiempo Ordinario

Las Lecturas del día de hoy van dirigidas a hacernos reflexionar sobre la humildad. Y la humildad es esa virtud que nos lleva a reconocer lo que realmente somos. Por eso Santa Teresa de Jesús decía que la humildad es andar en verdad. Es decir: la Humildad es vernos tal cual somos. Es saber y reconocer lo que valemos ante Dios.
Y ¿qué somos ante Dios? ... ¿Cuánto valemos ante Dios? ... ¿Somos capaces de ser algo sin Dios, que nos creó, nos mantiene vivos, y derrama todas las gracias que necesitamos para llegar a El y para gozar de El para toda la eternidad?
Responder estas preguntas adecuadamente; es comenzar a andar en verdad. Es apenas comenzar a darnos cuenta de lo que es ser humilde. Y luego de ese reconocimiento de nuestro “cero” valor ante Dios, luego de reconocer que nada valemos ante Dios ...
Luego de eso ... nos queda un larguísimo trecho para llegar a ser humildes, para andar ese camino de la humildad. Y es muy importante saber que ese camino de la humildad es equivalente al camino de santidad, que nos lleva a Dios, que nos lleva al Cielo.
Todos tenemos que ser santos. Es lo que Dios nos pide ... para eso nos ha creado: para ser santos; es decir, para vivir de acuerdo a Su Voluntad. San José de Calasanzs decía: “Si quieres ser santo, sé humilde. Si quieres ser muy santo, sé muy humilde”.
La humildad es el fundamento de todas las demás virtudes. Lo contrario de la humildad es el orgullo. Así que, si la humildad es el fundamento de todas las demás virtudes, se deduce que el orgullo es la raíz de todos los pecados. Y es la raíz del pecado, porque -si aplicamos las palabras de Santa Teresa sobre la Humildad al orgullo- resulta ser que orgullo es no andar en verdad.
El orgullo es básicamente creernos no-dependientes de Dios. Y el creernos no-dependientes de Dios nos lleva al pecado ... Y lo que es peor: nos puede llevar a justificar el pecado.
Por eso la Primera Lectura del Libro del Eclesiástico (Sir. 3, 19-21 y 30-31) nos dice así: “No hay remedio para el hombre orgulloso, porque ya está arraigado en la maldad”. Es decir: está arraigado en el pecado.
Y “no hay remedio” se refiere a nuestro camino hacia Dios. Es decir: no podremos llegar a Dios y a la felicidad eterna, aquéllos que no reconozcamos nuestro justo valor ante Dios ... (es decir: que nada valemos ante El). Y tampoco podremos llegar aquéllos que no reconozcamos nuestra total dependencia de El ... en t o d o.
También nos recomienda el Libro del Eclesiástico que debemos hacernos pequeños, y que sólo Dios es poderoso. Sin embargo el problema está en que la humildad es una virtud despreciada por el mundo y al orgullo se le da un gran valor.
Y esto no debe sorprendernos porque el mundo nos vende lo contrario a lo que Dios desea. El mundo, que es regido por “el príncipe de este mundo” -que es uno de los nombres que da la Sagrada Escritura al Demonio- nos engaña, y nos hace creer todo lo contrario a lo que Dios desea.
El mundo nos vende la idea de que los primeros puestos son los mejores. El mundo nos vende la idea de que las glorias humanas y los reconocimientos humanos son muy importantes. El mundo nos vende la idea de que los privilegios y el poder son muy necesarios. El mundo nos vende la idea de que creernos una gran cosa es bueno.
Como vemos: todo lo contrario a lo que significa la humildad, que es reconocer que nada somos y nada valemos ante Dios. Y también de que nada podemos sin Dios.
A veces nos creemos muy capaces por nosotros mismos y muy independientes de Dios ... Y ¿nos hemos detenido a pensar -por ejemplo- si podemos siquiera hacer palpitar nuestro corazón por nosotros mismos? ¿Qué sucede cuando Dios no hace palpitar nuestro corazón? ... ¿Qué sucede? ... Sabemos lo que sucede ¿no? ... ¿Cómo, entonces, podemos vivir independientemente de Dios, buscando hacer nuestra voluntad y no la de Dios? ... ¿Cómo? ...
Y el mundo últimamente nos está vendiendo una idea que se nos ha metido por todos lados ... ¡hasta en la Iglesia! ... Ustedes reconocerán este nuevo término muy moderno, porque se repite por todos lados: “auto-estima”.
La llamada auto-estima es todo lo contrario a lo que es la humildad. Recordemos que nada valemos ante Dios ... nada somos sin Dios. De nuestra cuenta sólo podemos y sabemos pecar. No somos capaces por nosotros mismos de hacer nada bueno.
Eso dice San Alfonso María de Ligorio. Y también dice: “Cualquier bien que hagamos viene de Dios. Cualquier cosa buena que tengamos pertenece a Dios”.
San Ignacio de Loyola define la humildad como la renuncia de tres cosas: renuncia a la propia voluntad, renuncia al propio interés, y renuncia al propio amor. Y el propio amor o amor propio es justamente la auto-estima que tanto se nos pregona, para -supuestamente- poder ser felices.
El Evangelio de hoy nos habla de los puestos. Y los primeros puestos se refieren a esas cosas que nos vende el mundo:
Glorias, alabanzas, reconocimientos, poder, mando, honores, privilegios, creerse grande, querer ser grande y poderoso, alardear de lo mucho que sabemos, creer que podemos sin Dios, buscar ser reconocido, hacer las cosas para que nos crean muy buenos y muy capaces, creernos mejores que los demás, creernos que somos una gran cosa, creer que merecemos lo que tenemos y muchas cosas más, confiar en las propias fuerzas y no en Dios, buscar hacer nuestra propia voluntad y no la de Dios, etc., etc. ... Todas estas cosas nos las vende el mundo.
Pero la humildad es todo lo contrario: es hacer las cosas porque Dios las quiere así ... es buscar la gloria de Dios y no la propia .. es no buscar, ni reclamar honores ni reconocimientos ... es no hablar de uno mismo, ni alardear lo mucho que somos y tenemos ... es saber que nada podemos sin Dios ... es saber y reconocer que somos totalmente dependientes de Dios ... es hacer las cosas como Dios quiere, sin buscar reconocimientos ... es dar gracias a Dios por lo que somos, por lo que hacemos y por lo que tenemos ... es saber que nada podemos sin Dios, pues nuestra fuerza está en Dios. Es creer, de verdad, que nada somos ante Dios.
Ahora bien, debemos tener en cuenta que la humildad no consiste en negar las cualidades que Dios nos ha dado, sino en saber y en reconocer que todo nos es dado por Dios. Todo lo que tenemos nos viene de Dios. Pero el orgullo nos hace creer que esas cosas las logramos nosotros mismos.
Es así, entonces, como reconociendo nuestra verdad, “andando en verdad”, se cumple lo que el Señor dice en el Evangelio: “el que se humilla será engrandecido”. De no ser así, nos sucederá lo contrario: “el que se engrandece será humillado”.
Así, podremos llegar a ser de esos “espíritus justos que alcanzaron la perfección” de los cuales nos habla San Pablo en la Segunda Lectura (Hb. 12, 18-19 y 22-24) . Son los santos ... Y todos ellos han sido humildes.
El Salmo 67 nos recuerda la grandeza de Dios y la pequeñez humana, las cosas que Dios hizo por su pueblo y que siempre hace por nosotros.

sexta-feira, 24 de agosto de 2007

Domingo 21 del Tiempo Ordinario

Las Lecturas de este Domingo nos recuerdan nuestro camino al Cielo. El Señor nos habla en el Evangelio (Lc. 13, 22-30) de la “puerta estrecha” que lleva al Cielo ... y de los que quedarán fuera.
El comentario de Jesús se da a raíz de una pregunta que le hace alguien durante una de sus enseñanzas, mientras iba camino a Jerusalén. “Señor: ¿es verdad que son pocos los que se salvan?” Y Jesús “pareciera” que no responde directamente sobre el número de los salvados. Pero con su respuesta nos da a entender varias cosas.
Primero: que hay que esforzarse por llegar al Cielo. Nos dice así: “Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta”. Lo segundo que vemos es que la puerta del Cielo es “angosta”. Además nos dice que “muchos tratarán de entrar (al Cielo) y no podrán”.
Sobre cómo es el camino y la puerta del Cielo y cómo es el camino y la puerta del Infierno, y sobre el número de los salvados, hay otro texto evangélico similar y complementario de éste, en el que nos dice así el Señor:
“Entren por la puerta angosta, porque la puerta ancha y el camino amplio conducen a la perdición, y muchos entran por ahí. Angosta es la puerta y estrecho el camino que conducen a la salvación, y pocos son los que dan con él” (Mt. 7, 13-14).
O sea que, según estas palabras de Jesucristo, es fácil llegar al Infierno y muchos van para allá ... y es difícil llegar al Cielo y pocos llegan allí.
Con razón nos dice el Señor que necesitamos esforzarnos. Y ... ¿en qué consiste ese esfuerzo? El esfuerzo consiste en buscar y en hacer solamente la Voluntad de Dios. Y esto que se dice tan fácilmente, no es tan fácil. Y no es tan fácil, porque nos gusta siempre hacer nuestra propia voluntad y no la de Dios.
Hacer la Voluntad de Dios es no tener voluntad propia. Es entregarnos enteramente a Dios y a sus planes y designios para nuestra vida. Es aún más: hacer la Voluntad de Dios es ceñirnos a los criterios de Dios ... y no a los nuestros. Es decirle al Señor, no cuáles son nuestros planes para que El nos ayude a realizarlos, sino más bien preguntarle: “Señor ¿qué quieres tú de mí”. Es más bien decirle: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu Voluntad. Haz conmigo lo que Tú quieras”.
Y ... ¿oramos así al Señor? Si oramos así y si actuamos así, estamos realizando ese esfuerzo que nos pide el Señor para poder entrar por la “puerta angosta” del Cielo.
Pero si no buscamos la Voluntad de Dios, si no cumplimos con sus Mandamientos, si lo que hacemos es tratar de satisfacer los deseos propios y la propia voluntad, podemos estar yéndonos por el camino fácil y ancho que no lleva al Cielo, sino al otro sitio.
Y ... ¿cómo es ese otro sitio? Aunque en este texto del Evangelio que hemos leído hoy, Jesús no nombra directamente ese otro sitio con el nombre de “Infierno”, sí nos da a entender cómo será. Además, es bueno saber que Jesucristo lo nombra de muchas maneras, en muchas otras ocasiones.
Y es bueno saber que el Infierno es una de las verdades de nuestra Fe Católica que está apoyada por el mayor número de citas bíblicas. A veces el Señor lo llama fuego, a veces fuego eterno o abismo, oscuridad, tinieblas, etc.
En el caso del Evangelio de hoy, lo describe simplemente como “ser echado fuera”. Y describe, además, cómo será el rechazo de Dios hacia los que “han hecho el mal”. Dirá así el Señor a los que han obrado mal: “Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí todos ustedes, los que han hecho el mal”. Y concluye diciendo cómo será la reacción de los malos: “Entonces llorarán ustedes y se desesperarán”.
En la Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María al Cielo la semana pasada, recordábamos el misterio de nuestra futura inmortalidad y de lo que nos espera en la otra Vida. Este Evangelio de hoy nos lleva a lo mismo: nos lleva a reflexionar sobre nuestro destino final para la eternidad.
Los seres humanos nacemos, crecemos y morimos. De hecho, nacemos a esta vida terrena para morir; es decir, para pasar de esta vida a la Vida Eterna. Así que la muerte no es el fin de la vida, sino el paso a la Vida Eterna, el comienzo de la Verdadera Vida … si transitamos “el camino estrecho” de que nos habla el Señor en el Evangelio.
Nuestro destino para toda la eternidad queda definido en el instante mismo de nuestra muerte. En ese momento nuestra alma, que es inmortal, se separa de nuestro cuerpo e inmediatamente es juzgada por Dios, en lo que se denomina el Juicio Particular.
Y ¿qué es el Juicio Particular? El Juicio Particular que sucede simultáneamente con nuestra muerte, consiste en una iluminación instantánea que el alma recibe de Dios, mediante la cual ésta sabe su destino para la eternidad, según sus buenas y malas obras.
La puerta ancha y la puerta estrecha se refieren a las opciones eternas que tenemos para la otra vida: el Infierno y el Cielo. Sin embargo, hay una tercera opción -el Purgatorio- que no es eterna: las almas que allí van pasan posteriormente al Cielo, después de ser purificadas, pues nadie puede entrar al Cielo sin estar totalmente limpio. (cf. Ap. 21, 27).
¿Cómo es el Infierno? Es un estado y un lugar de castigo eterno donde van las almas que se han rebelado contra Dios y que mueren en esa actitud. La más horrenda de las penas del Infierno es la pérdida definitiva y para siempre del fin para el cual hemos sido creados: el gozo de la presencia de Dios.
¿Cómo es el Cielo? Es un estado y un lugar de felicidad perfecta y eterna donde van las almas que han obrado conforme a la Voluntad de Dios en la tierra y que mueren en estado de gracia y amistad con Dios, y perfectamente purificadas.
Sepamos que el Cielo es la meta para la cual fuimos creados, pues Dios desea comunicarnos su completa y perfecta felicidad llevándonos al Cielo. Sin embargo, lograr una descripción adecuada del Cielo es imposible. Y es imposible porque los seres humanos somos limitados para comprender y describir lo ilimitado de Dios.
Fíjense en una cosa: el día de nuestro nacimiento nacemos a la vida terrena ... y llegar al Cielo es nacer a la gloria eterna. Nuestra alma al presentarse al Cielo tiene un solo pensar, un solo sentimiento: el Amor de Dios. Y como el Amor de Dios es Infinito, es entonces, el amor más grande que podamos sentir. En efecto, en el Cielo amaremos a Dios con todas nuestras fuerzas y El nos amará con su Amor que no tiene límites. El Amor de Dios es el Amor más intenso y más agradable que podamos sentir. Es muchísimo más que todo lo que nuestro corazón ha anhelado siempre. En el Cielo ya no desearemos, ni necesitaremos nada más, pues el Cielo es la satisfacción perfecta de nuestro anhelo de felicidad.
Sin embargo, el Cielo es realmente indescriptible, inimaginable, inexplicable. Es infinitamente más de todo lo que tratemos de imaginarnos o intentemos describir. Por eso San Pablo, quien según sus escritos pudo vislumbrar el Cielo, sólo puede decir que “ni el ojo vio, ni el oído escuchó, ni el corazón humano puede imaginar lo que tiene Dios preparado para aquéllos que le aman” (1 Cor. 2, 9).
En la Segunda Lectura (Hb. 12, 5-7 y 11-13) San Pablo nos habla de cómo Dios nos corrige y cómo debemos aprovechar esas correcciones del Señor:
“No desprecies la corrección del Señor, ni te desanimes cuando te reprenda. Porque el Señor corrige a los que ama y da azotes a sus hijos predilectos”. Nos recuerda que Dios es Padre y que todos los padres corrigen a sus hijos. Es cierto que ninguna corrección nos hace alegres, pero después pueden verse los frutos: “frutos de santidad y de paz”. Y los frutos deben alegrarnos.
Pero a veces nos comportamos incorrectamente ante las correcciones de Dios. Cuando nos cae una desgracia o sufrimos un accidente o una enfermedad, enseguida pensamos “¿por qué yo?”. Y creemos que Dios nos está castigando.
En realidad lo que denominamos “castigos” de Dios son más bien llamadas suyas para seguirle en medio de las circunstancias que El tenga dispuestas para cada uno de nosotros.
Y El, que es infinitamente sabio, sabe lo que mejor nos conviene a cada uno: lo que nos conviene para lo que verdaderamente importa, que es nuestra salvación eterna: entrar por el camino estrecho.
Cuando pensamos en que Dios nos castiga es porque perdemos de vista lo que es nuestra meta, perdemos de vista hacia dónde vamos mientras vivimos aquí en la tierra: vamos hacia la eternidad. Nos olvidamos de la otra vida, la que nos espera después de la muerte.
Pero es muy importante tener en cuenta que Dios no castiga ni premia plenamente en esta vida. Dios premia o castiga plenamente en la vida que nos espera después de morir.
De allí que el verdadero castigo de Dios sea perderlo para siempre. En eso consiste la condenación eterna, el camino ancho. Y, en realidad, no es Dios quien nos condena: somos nosotros mismos los que decidimos condenarnos, porque queremos estar en contra de Dios.
Así que lo que llamamos “castigos” de Dios, son correcciones de un Padre que nos ama, son regalos que nos El da con miras a la Vida Eterna. Pueden bien ser advertencias que El nos hace para que tomemos el camino correcto, para que nos volvamos hacia El, para que nos enrumbemos hacia la salvación y no hacia la condenación.
La Primera Lectura (Is. 66, 18-21) nos habla de que Dios ha llamado a hombres de todas las naciones, de todas las razas, de todas las lenguas. No hay excepción. De lejos y de cerca, de todas partes. La salvación es una llamada universal, no sólo para los judíos. Inclusive escogerá Sacerdotes de entre los paganos. Esto conecta con el final del Evangelio: “Vendrán muchos de oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios”. Todos están llamados: unos aceptan a Dios, otros no. Unos serán primeros y otros serán últimos.

S. Cesário de Arles (470-543), monge e bispo

Sermão 7
«Jesus passava pelas cidades e pelas aldeias ensinando»Prestai atenção, caríssimos irmãos : as sagradas Escrituras foram-nos transmitidas por assim dizer como cartas vindas da nossa pátria. Com efeito, a nossa pátria é o paraíso ; os nossos pais são os patriarcas, os profetas, os apóstolos e os mártires; os nossos concidadãos são os anjos; o nosso rei é Cristo. Quando Adão pecou, fomos por assim dizer lançados no exílio deste mundo. Mas, porque o nosso rei é fiel e misericordioso mais do que se possa imaginar ou dizer, dignou-se enviar-nos, por intermédio dos patriarcas e dos profetas, as sagradas Escrituras, como cartas de convite, pelas quais nos convidava para a nossa eterna e primeira pátria… Em razão da sua inefável bondade, convidou-nos a reinar come ele.Nessas condições, que ideia farão de si mesmos os servos que… não se dignam a ler as cartas que nos convidam à bem-aventurança do Reino ?... “Aquele que ignora será ignorado » (1 Co 14,38). Na verdade, aquele que negligencia procurar Deus neste mundo pela leitura dos textos sagrados, Deus, por seu lado, recusar-se-á a admiti-lo à bem-aventurança eterna. Ele deve temer que lhe fechem as portas, que o deixem fora com as virgens loucas (Mt 25,10) e que mereça ouvir : « Não sei quem vós sois ; não vos conheço ; afastai-vos de mim, vós todos que fizestes o mal”… Aquele que quiser ser escutado favoravelmente por Deus deve começar por escutar Deus. Como teria a veleidade de querer que Deus o escute favoravelmente, se prestou tão pouca atenção que até negligenciou ler os seus preceitos?

S. Cesário de Arles (470-543), monge e bispo

Sermão 7
«Jesus passava pelas cidades e pelas aldeias ensinando»
Prestai atenção, caríssimos irmãos : as sagradas Escrituras foram-nos transmitidas por assim dizer como cartas vindas da nossa pátria. Com efeito, a nossa pátria é o paraíso ; os nossos pais são os patriarcas, os profetas, os apóstolos e os mártires; os nossos concidadãos são os anjos; o nosso rei é Cristo. Quando Adão pecou, fomos por assim dizer lançados no exílio deste mundo. Mas, porque o nosso rei é fiel e misericordioso mais do que se possa imaginar ou dizer, dignou-se enviar-nos, por intermédio dos patriarcas e dos profetas, as sagradas Escrituras, como cartas de convite, pelas quais nos convidava para a nossa eterna e primeira pátria… Em razão da sua inefável bondade, convidou-nos a reinar come ele.Nessas condições, que ideia farão de si mesmos os servos que… não se dignam a ler as cartas que nos convidam à bem-aventurança do Reino ?... “Aquele que ignora será ignorado » (1 Co 14,38). Na verdade, aquele que negligencia procurar Deus neste mundo pela leitura dos textos sagrados, Deus, por seu lado, recusar-se-á a admiti-lo à bem-aventurança eterna. Ele deve temer que lhe fechem as portas, que o deixem fora com as virgens loucas (Mt 25,10) e que mereça ouvir : « Não sei quem vós sois ; não vos conheço ; afastai-vos de mim, vós todos que fizestes o mal”… Aquele que quiser ser escutado favoravelmente por Deus deve começar por escutar Deus. Como teria a veleidade de querer que Deus o escute favoravelmente, se prestou tão pouca atenção que até negligenciou ler os seus preceitos?

21º Domingo do Tempo Comum

ANUNCIAR SEMPRE: A PORTA É ESTREITA

Estamos encerrando o mês das vocações. O dia da catequista e do catequista deve ser celebrado com a mesma alegria e empolgação com que foram celebrados o dia do Padre, da Família e do Religioso.

Todas as vocações são importantes na divulgação e vivência do Projeto de Deus que Jesus nos trouxe. Ser catequista constitui hoje um grande desafio, frente às muitas ofertas, ao leque muito aberto de possibilidades que nossas crianças, nossos jovens e nossas famílias têm à sua frente.

Diante de tanto relativismo, precisamos continuar a afirmar o ABSOLUTO: Deus.

Este Absoluto, no entanto, não é o distante, o todo poderoso da força e da imposição. Ele é o Deus amoroso que entrega em nossas mãos a continuidade do Projeto que seu filho iniciou. O que devemos anunciar como absoluto é o amor, o serviço, a fraternidade, a prática da justiça e da verdade, a compreensão, o cuidado, a alegria de sermos de Deus.

A primeira leitura de hoje (Is 66,18-21) nos diz:
que Deus conhece nossas obras e nossos pensamentos;
que nossos ouvidos devem estar atentos e nossos corações abertos para Ele;
que seu chamado nos dá missões diferentes, mas todas, especiais;
que no serviço do Reino não existem funções inferiores, todas são muito importantes.

O Evangelho (Lc 13,22-30) nos apresenta um Jesus missionário incansável. "Ele atravessava as cidades e povoados ensinando..." Ainda hoje, inúmeros homens e mulheres catequistas, andam para lá e para cá ensinando, anunciando e comprometendo-se com o Reino de Deus a exemplo de Jesus.

A preocupação dos ouvintes de Jesus no evangelho lido hoje era com a Salvação. "Senhor, é verdade que poucos se salvam?". Jesus não dá um manual de comportamento cheio de leis e regras para seguirem. Ele aponta o essencial: "fazei o possível para entrar pela porta estreita".

A salvação não vem com os cultos que fazemos, com a leitura bíblica, com a participação nas missas, com a reza de terço ou com nosso envolvimento nesta ou naquela pastoral. (Há pessoas que estão em muitas pastorais).



Estas práticas são importantes, mas precisam estar acompanhadas do que é essencial. O essencial:
é entrar pela porta estreita;
é ser de Deus;
é acreditar no outro;
é ter o amor como regra de ouro;
é exercitar a fraternidade, a justiça e a verdade;
é anunciar Deus pelas ações do dia a dia.

A salvação não está garantida porque somos catequistas, padres, agentes de pastoral, bispos, leitores na missa dominical, freiras, diáconos, teólogos, etc. Também não está garantida porque comungamos todos os domingos ou porque rezamos o terço todos os dias.

Nossas práticas pastorais e devocionais, nossa atuação e nossas funções no corpo da igreja precisam estar sintonizadas com a porta estreita. "nisto reconhecerão que sois meus discípulos, se vos amardes uns aos outros" Jo 13,35 – Eis a porta estreita.

O texto do evangelho de hoje termina assim: "há últimos que serão os primeiros e primeiros que serão os últimos".

Por fim a carta aos Hebreus vem nos consolar. Nela vemos que a dinâmica de Deus é pedagógica. Ele nos corrige porque esta é a função do Pai. "Meu filho, não desprezes a educação do Senhor, não desanimes quando Ele te repreende..."

De uma certa forma, toda a Igreja é catequista, continuadora do projeto de Jesus.

O mundo nos propõe a porta larga da competição, do consumismo, do cada um para si, do poder, do prazer, da posse, da força.

Jesus nos propõe a porta estreita da cooperação, da partilha, da solidariedade, da fraternidade, do serviço, do pão, do perdão e do amor.

Reimont Luiz Otoni Santa Bárbara

sexta-feira, 17 de agosto de 2007

Assunção (Pe Carlo)

A festa de hoje celebra o desfecho do grande desejo de Deus. È a declaração última e definitiva ao homem que o sonho de Deus é possível; é possível não obstante todos os inimigos, as dificuldades e a fragilidade à qual o ser humano é submetido. A leitura do Evangelho nos envolve por um clima de alegria, alegria esta que é experimentada quando se vê o projeto de Deus realizado.
A festa de hoje tem origem relativamente recente, foi instituída pelo papa Pio XII em 1950, mas encontra suas origens numa convicção que afundava suas raízes nos primórdios da fé cristã.
Nascida inicialmente, de modo espontâneo no meio do povo cristão e meditada em seguida pelos Padres da Igreja, se afirmava a convicção de que, como Maria foi sempre unida ao filho Jesus em toda sua vida, partilhando intimamente e sem limites cada situação e atitude, da mesma forma esta união continuaria também ao findar dos anos de Maria. Na antiguidade cristã não encontramos testemunhas, fatos, cultos, orações que nos digam algo a respeito da morte de Maria, contudo, em lugar destas, temos uma documentada tradição que fala de uma “dormição” de Maria. O transpasso desta para a outra vida não é descrito em termos de uma morte análoga àquela que experimentamos todos nós, mas de forma diferente, quase um “adormecer” tranqüilo, entregar-se nos braços Daquele que a abraçou com “sua sombra” . Sem ruptura de continuidade entre esta e a outra vida que nos é destinada como oferta gratuita desde a fundação do mundo.
Um privilégio ? Sem dúvida, mas não algo que esteja fora da lógica do projeto de Deus como nos é descrito desde o início da Sagrada Escritura, projeto válido para todos e cada um dos homens; que, aliás, deveria se realizar para todos uma vez que o pecado não tivesse espaço na vida. Digamos que em Maria, mais uma vez, Deus consegue realizar o seu desejo de ter como interlocutor um homem livre, confiantemente entregue, capaz de receber tudo como dom: a vida e a morte.
Tentemos debruçar-nos, por alguns momentos, sobre quanto as Escrituras nos dizem a respeito, para podermos apreciar a festa de hoje e agradecer a Deus que, em Maria, nos antecipa o destino do homem de fé.
Em primeiro lugar é preciso livrarmo-nos de alguns esquemas preconcebidos, dos quais não temos culpa, mas que nem sempre nos ajudam a entender as linguagens da Escritura. Implícita ou explicitamente, a idéia de “céu” nos reconduz à idéia de “lugar”, mesmo se tenhamos já abandonado a visão “física” deste lugar. No entanto, somente em alguns trechos ligados às primitivas formas religiosas do povo hebreu, “céu” é ligado a um “lugar”, na maioria dos casos, com o amadurecimento religioso da fé, “céu” indica a condição na qual se encontra Deus, em contraste com a condição na qual se encontra a vida humana. Ou seja: condição de infinito e condição de limite, condição de plena realização e condição de fatigoso caminho... e a assim por diante. Logo, dizer que Maria é Assunta ao “Céu” indica reconhecer que n’ Ela se realizou o projeto desejado por Deus, o sonho de ver a sua criatura amada a seu lado eternamente, feliz e grata. Maria, humana como todos os homens, na qual não havia divindade por natureza, assume a posição que é oferta a cada homem que crê: receber como dom a divindade que não tem por sua constituição natural. A nossa festa nos diz que isto é possível !
A palavra “assunção” tem procedência e significado um pouco mais complicados, espero conseguir transmiti-lo.
No livro de Gênesis (cap. 5), há uma lista de “patriarcas” que vieram depois do primeiro homem. Todos eles são descritos por meio de números simbólicos, com pessoas que viveram 900,800,600 anos; a enumeração de seus nomes termina sempre com a expressão: “sua vida foi de.... anos, depois morreu”. No entanto, existe um personagem, Enoque, do qual não se usa a expressão “morrer” e esta é assim substituída: ”E Enoque andou com Deus; e não apareceu mais, porque Deus o tomou para si”. Algo de análogo se diz também no 2º livro de Reis (cap. 2) em relação a Elias, outro homem que não viveu a morte como experiência de morrer, mas que foi levado num “carro de fogo” (note-se que o “fogo” é a representação figurativa da idéia de “presença de Deus”). Em ambos os casos o significado é mais ou menos o seguinte: Deus continuou neles o que eles haviam tentado viver em suas vidas, deu pleno cumprimento à finalidade que eles tinham se proposto como sentido de sua existência. È o que Ele fará com todos os que decidirem profundamente, como Maria, orientar suas vidas para a doação incondicional, alegre, confiante a Deus.
O que se deu em Maria sem dúvida foi um privilégio, mas um privilégio que tem profundas raízes bíblicas e merece toda a consideração necessária; realmente é triste sinal de escravidão a atitude preconceituosa daqueles que desdenham Maria fazendo d’ Ela uma “peça secundaria” do projeto de Deus.
E mais ainda.
Um dos ensinamentos mais claro quanto ao projeto de Deus é que Ele “Não criou a morte e não tem algum prazer na destruição daqueles que são para a vida” de fato, Deus “Criou tudo para a existência, as criaturas são sãs, não há nelas o veneno da morte” (Sab. 1). Deus é Deus da vida, a morte não tem espaço n’ Ele e naquilo que Ele faz. Não creio que seja justo dizer: a morte é natural, não é verdade, se assim fosse seria terrível e insignificante a nossa vida. A morte não é natural, por isso que instintivamente sentimos repulsão e medo. Um trecho do mesmo livro da Sabedoria nos ilumina: “Os ímpios invocam sobre si a morte com gestos e palavras”. Logo, perece que a idéia de morte na Escritura não se identifique imediatamente com a idéia de “duração”, isto é o tempo em que a nossa natureza nasce, cresce, se desenvolve e termina suas funções, parece quase ser uma “estado de ânimo” ou, diríamos hoje, uma situação existencial. “Vida” significa proximidade de Deus com todas as conseqüências; morte é distância de Deus (na linguagem Bíblica: pecado) com todas as conseqüências que são tristeza, medo, frustração etc. Pois bem, ainda o Livro da Sabedoria (cap.2) diz que “Os que pertencem ao demônio fazem experiência da morte”. Obviamente todos terminam seus anos, não precisa pressupor uma supernatureza nem para Maria. Quando a vida é vivida em sintonia com Deus, o momento em que definham os nossas forças não é vivido como uma “experiência” de ruptura, de fim de todas as expectativas, termino das esperanças... Os que optaram pelo estilo de vida proposto pelo “demônio”, isto é o egoísmo – nos diz este trecho - no final farão “experiência” do último momento como trauma, medo, desespero, pois é o dia que põe fim à soberba e presunção humana.
Maria soube escolher na vida. Para ela, por primeira se realizou o que Deus tinha preparado para todos os seus filhos. A Ela, primeira entre os que crêem, se podem aplicar as palavras de Paulo aos Corintos : “Oh morte, onde está a tua vitória ?”.
Aprendamos hoje a fazer a escolha certa, para que o último momento, aquele da verdade, seja um abraço do Pai.