quinta-feira, 18 de outubro de 2007

ORA/PERSEVERANCIA

Muchos, al oír hablar de perseverancia, piensan inmediatamente en la machaconería, en repetir fórmulas y palabras; nunca en esa oración más profunda de encuentro silencioso, iluminador, con la verdad de Dios que nos revela nuestra propia verdad y nos esclarece la situación humana. Es ésta la oración que es indispensable y necesaria, porque es el clima en que nace y madura la fe y la vida.
La oración fortalece la esperanza cristiana, que no podemos confundir con la simple espera de algo que quizá se realice. La esperanza cristiana consiste en la certeza de conseguir algún día en plenitud y para siempre, lo añorado en lo más íntimo y verdadero de nuestro corazón, a pesar de todas las situaciones y contradicciones que hagan difícil mantener esta actitud. Una esperanza que respeta el "tiempo de Dios", pero que lleva a trabajar para adelantarlo.
Si la oración es la forma habitual de alimentar nuestra comunión con Dios y con los hombres, dejar de orar es exponernos a su lejanía, dejar de tener el "sentido de Dios" en los acontecimientos. Si la oración es tan importante para el hombre, ¿nos extrañaremos de la ausencia de Dios y de la radical injusticia en una sociedad que no reza? (...).
FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ

29° Domingo do Tempo Comum - O juiz iniquo e a viúva

O juiz iníquo e a viúva
Na caminhada de Jesus rumo a Jerusalém, a parábola da viúva e do juiz iníquo introduz um novo elemento: a oração. O protagonista é o juiz que não teme a Deus (Lc 18,3) e não se importava com as pessoas. A protagonista oposta é a viúva (Lc 18,3), objeto de atenção especial por sua condição desprotegida e fraca na sociedade (cf. Ex 22,21-23). Como tal, ficava exposta aos abusos legais e judiciais pelo fato de não poder pagar nem subornar. A exigência que a viúva faz ao juiz é expressa no pedido: "Faça-me justiça contra o meu adversário" (Lc 18,3). Tratava-se, possivelmente, de uma questão de herança ou de pagamento de uma dívida. Pequenos casos que o juiz, com boa vontade, podia resolver. Ele protelava a sentença favorável à viúva, talvez por comodismo ou pela importância social do devedor com quem o magistrado não queria se indispor. A justiça, nos homens da lei, desde longa data, está comprometida. O profeta Amós gritara contra essa situação (cf. Am 8,4-8). Miquéias acusara os homens da lei e as autoridades por atuarem e decidirem sempre em favor de seus interesses (Lc 3,1-11). Agindo assim, eles se perpetuam no poder e conseguem sustentar sua influência entre as pessoas (cf. Lc 16,1-13). Os pobres (representados pela viúva), por não possuírem dinheiro, normalmente não têm poder de barganha, de influência e menos ainda de decisão. Na perspectiva do juiz iníquo, os tribunais da justiça acabam se transformando em cenários férteis de injustiça e lugares onde quem possui privilégios recebe mais, e quem tem poucos está espoliado até de seus direitos. A viúva tinha tudo para desistir, mas insiste e persiste em que seu processo seja julgado. Ela não tinha dinheiro para comprar, tanto menos para comprometer a justiça. Porém, o homem da lei vê-se obrigado a pronunciar a sentença para não continuar sendo molestado pela persistência da mulher (Lc 18,5). A parábola conclui-se revelando a eficácia da oração: se o juiz iníquo se deixou dobrar aos pedidos insistentes da viúva, o que dizer de Deus, o justo juiz, ao ouvir as súplicas de seus filhos? Esta parábola é muito atual. A viúva persistente é o símbolo das pessoas desprotegidas. Teoricamente protegidas pelas leis, mas na prática enfrentam toda espécie de dissabores. Dificilmente o pequeno e o fraco (as viúvas de hoje) têm vez na sociedade. Quem não possui cartão de crédito nem dispõe de boas relações conhece a triste realidade das intermináveis filas e o cansaço de horas de espera. Aos pobres, não resta alternativa senão serem persistentes. A perseverança é uma das únicas portas existentes para que os pequenos da sociedade sejam ouvidos e atendidos. Diante da injustiça dos homens, cabem aos pobres a perseverança e a confiança em Deus. Em meio às dificuldades, a tentação é de lançar mão dos mesmos métodos dos ricos e dos poderosos. Mas a justiça definitiva cabe a Deus. O fato de alguém não ser atendido questiona a intensidade da fé e o conteúdo da oração. O que pedimos a Deus? Será que o que solicitamos corresponde a seus desígnios e ao nosso bem espiritual? Na prática, porém, a vinda do Reino e sua implantação demoram. Deus tarda em fazer justiça a seus eleitos. O Senhor vem em socorro de quem está a caminho, alimentando suas forças e coroando de êxito seus esforços na implantação do Reino de justiça e de paz. A oração perseverante ajudará os discípulos e missionários a fazer do continente latino-americano modelo de justiça e de paz!

DOMINGO 29 del Tiempo Ordinario - Ciclo "C" -

Las Lecturas de hoy nos hablan de la perseverancia en la oración. Vemos a Moisés en la Primera Lectura (Ex. 17, 8-13) con las manos en alto en señal de súplica al Señor. Mientras Moisés oraba el ejército de Israel vencía; si las bajaba, sucedía lo contrario. Llegó un momento que ya Moisés no pudo sostener sus brazos y tuvo que ser ayudado.
El Evangelio (Lc. 18, 1-8) nos habla de una parábola del Señor, en la cual nos presenta un Juez injusto que no quiere saber nada de una pobre viuda que lo busca para que le haga justicia contra su adversario. Y el inhumano Juez termina por acceder a las insistentes y perseverantes peticiones de la pobre mujer.
Jesús usa este ejemplo para darnos a entender que Dios, que no es como el Juez inhumano e injusto, sino que es infinitamente Bueno y Justo, escuchará nuestras oraciones constantes, insistentes y perseverantes.
Sin embargo, recordemos que debemos saber qué pedir y cómo pedir a Dios. Hace poco las Lecturas nos hablaban de que si pedíamos Dios nos daba: “Pidan y se les dará”. Pero debemos recordar lo que decía ese texto al final: “Dios dará cosas buenas a los que se las pidan” (Mt. 7, 11).
¿Qué significa esto de “cosas buenas”? Significa que debemos saber pedir lo que Dios nos quiere dar. Y estar confiados en que es Dios Quien sabe qué nos conviene. Esas “cosas buenas” son las cosas que nos convienen.
¿Por qué parece que Dios a veces no responde nuestras oraciones? Porque la mayoría de las veces pedimos lo que no nos conviene. Pero, si nosotros no sabemos pedir cosas buenas, El sí sabe dárnoslas. Por eso la oración debe ser confiada en lo que Dios decida, y a la vez perseverante. A lo mejor Dios no nos da lo que le estamos pidiendo, porque no nos conviene, pero nos dará lo que sí nos conviene. Y la oración no debe dejarse porque no recibamos lo que estemos pidiendo, pues debemos estar seguros de que Dios nos da tooodo lo que necesitamos.
Sin embargo, no podemos dejar de notar la pregunta de Cristo al final de este trozo del Evangelio. ¿Qué significa esa frase sobre si habrá Fe sobre la tierra cuando vuelva a venir Jesucristo?
Esta frase sobre la Fe y Segunda Venida de Jesucristo “pareciera” estar como agregada, como fuera de contexto. Pero no es así. Notemos que habla el Señor sobre “sus elegidos, que claman a El día y noche”.
Si nos fijamos bien, no hubo cambio de tema, pues a la parábola sobre la perseverancia en la oración, sigue el comentario de que Dios hará justicia a “sus elegidos, que claman a El día y noche”. De hecho, el tema que estaba tratando Jesús antes de comenzar a hablar de la necesidad de oración constante era precisamente el de su próxima venida en gloria (cf. Lc. 17, 23-37).
Esa oración perseverante y continua que Jesús nos pide es la oración para poder mantenernos fieles y con Fe hasta el final ... hasta el final de nuestra vida o hasta el final del tiempo.
Sin embargo, el cuestionamiento del Señor nos da indicios de que no habrá mucha Fe para ese momento final. Es más, en el recuento que da San Mateo de este discurso escatológico nos dice el Señor que si el tiempo final no se acortara, “nadie se salvaría, pero Dios acortará esos días en consideración de sus elegidos” (Mt. 24, 22).
¿Qué nos indica esta advertencia? Que la Fe va a estar muy atacada por los falsos cristos y los falsos profetas que también nos anuncia Jesús. Que muchos estamos a riesgo de dejar enfriar nuestra Fe, debido a la confusión y a la oscuridad (cf. Mt. 24, 23-29).
Es una advertencia grave del Señor, que nos indica que debemos estar siempre listos para ese día de la venida en gloria del Señor -o para el día de nuestro paso a la otra vida a través de nuestra muerte. Es una advertencia para que roguemos perseverantemente porque seamos salvados, en ese día en que el Señor vendrá con gran poder y gloria para juzgar a vivos y muertos.
Sabemos que por parte de Dios la salvación está asegurada, pues Jesucristo ya nos salvó a todos con su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección. Pero de parte de nosotros se requiere que mantengamos nuestra Fe y que la mantengamos hasta el final.
De allí que Jesús nos dé el remedio para fortalecer nuestra Fe y para que esa Fe permanezca hasta el final: la oración, la oración perseverante y continua, sin desfallecer.
Pero, sin duda, la pregunta del Señor “¿creen ustedes que habrá Fe sobre la tierra cuando venga el Hijo del hombre?” nos invita una seria reflexión ... Cabe preguntarnos, entonces, ¿cómo está nuestra Fe?
¿Es una Fe que nos lleva a la esperanza de la Resurrección y la Vida Eterna? ¿O es una Fe que está esperando en el nefasto e irrealizable mito de la re-encarnación?
¿Es una Fe segura o es una fe que coquetea con las últimas novelerías escritas justamente para que nuestra Fe se vaya debilitando?
¿Es una Fe que confía en Dios o que confía en las fuerzas humanas?
¿Es una Fe que nos hace sentir muy importantes e independientes de Dios o es una Fe que nos lleva a depender de nuestro Creador, nuestro Padre, nuestro Dios?
¿De verdad tenemos la clase de Fe que el Señor espera encontrar cuando vuelva?
Y si para tener esa Fe que requerimos para el final, la receta es la oración, cabe preguntarnos también: ¿Cómo es nuestra oración?
¿Es frecuente, perseverante, constante, sin desfallecer, como la pide el Señor para que nuestra Fe no decaiga?
¿Cómo oramos? ¿Cuánto oramos?
¿Está nuestra oración a la medida de las circunstancias?
Porque ... pensándolo bien ... considerando como están las cosas en el mundo, “¿creen ustedes que habrá Fe sobre la tierra cuando venga el Hijo del hombre?”
El Salmo 120 es un himno al poder de Dios y a la confianza que debemos tener en El. Cantamos al Señor, que es Todopoderoso, pues, entre otras cosas, “hizo el Cielo y la tierra”. Y confiamos en El, pues “está siempre a nuestro lado ... guardándonos en todos los peligros ... ahora y para siempre”
La Segunda Lectura (2 Tim. 3,14 - 4,2) nos pide también firmeza en la Fe (“permanece firme en lo que has aprendido”), seguridad en la Sabiduría que encontramos viviendo la Palabra de Dios. Y además nos habla de la necesidad de la Fe para la salvación (“la Sagrada Escritura, la cual puede darte la Sabiduría que, por la Fe en Cristo Jesús conduce a la salvación”).
Pero, adicionalmente, nos habla de la obligación que tenemos de comunicar esa Fe contenida en la Palabra de Dios. Y esa obligación deriva de la necesidad que hay de anunciarla en atención -precisamente- a la Segunda Venida de Cristo: “En presencia de Dios y de Cristo Jesús, te pido encarecidamente que, por su advenimiento y por su Reino, anuncies la Palabra”.
De allí la importancia de leer la Palabra de Dios, de meditarla, de orar con la Palabra de Dios y, encontrando en ella la Sabiduría, poderla vivir nosotros y mostrarla a los demás con nuestro ejemplo y con nuestro testimonio “a tiempo y a destiempo, convenciendo, reprendiendo y exhortando con toda paciencia y sabiduría”.
En resumidas cuentas, las lecturas de hoy nos invitan a orar, a orar con perseverancia para pedir para nosotros y para todos la Fe que Jesucristo quiere encontrar cuando vuelva.

quinta-feira, 11 de outubro de 2007

DOMINGO 28 del Tiempo Ordinario - Ciclo "C" -

Las Lecturas de hoy nos hablan de dos sanaciones: una narrada en el Antiguo Testamento -la del leproso Naamán- y otra del Nuevo Testamento -la de los diez leprosos.
Con motivo de estos textos es bueno referirnos a las maneras en que Dios puede sanar. Vemos cómo en la Primera Lectura (2Re. 5, 14-17) el Profeta Eliseo manda a Naamán a bañarse siete veces en las aguas del río Jordán y, luego de hacerlo -dice la Escritura- “su carne quedó limpia como la de un niño”.
Por cierto no está esto en la parte del texto que hemos leído hoy, pero Naamán, que era el general del ejército de Siria, hombre poderoso y engrandecido, llegó con toda pompa y poder a Israel y se sintió ofendido porque el Profeta Eliseo no lo había recibido y solamente le mandó a decir que se bañara en el Jordán. Naamán se disgustó y cuando se disponía a volverse a su país, diciendo que los ríos de Siria eran mejores que los de Israel, sus servidores lo convencieron de hacer lo que el Profeta le había indicado.
En este caso vemos a Dios sanando a una sola persona (Naamán) a través de un instrumento suyo (el Profeta Eliseo), sin siquiera estar éste presente, con unas instrucciones muy precisas (bañarse 7 veces en un río).
En el caso de la curación de los 10 leprosos del Evangelio es una sanación colectiva, hecha directamente por Dios (por Jesucristo), sin estar El presente mientras la sanación sucedía (recordemos que los leprosos se sanaron mientras iban a presentarse a los sacerdotes).
Otras veces Jesucristo sanó -por ejemplo- utilizando barro para untar en los ojos de un ciego; es decir, utilizando una sustancia (Jn. 9, 1-41).
Otras veces dando una orden: “Levántate, toma tu camilla y anda” (Mt. 9, 6), le dijo a un paralítico.
O también como al criado del Oficial romano, a quien sanó sin siquiera ir hasta donde estaba el enfermo (Mt. 8, 5-12).
O como a la hemorroísa a quien sanó al ella tocar el manto de Jesús (Mt. 9. 20-22).
Otras veces fueron los Apóstoles los instrumentos que el Señor usó para sanar, como leemos en los Hechos de los Apóstoles (Hech. 3, 3-7).
Todos estos ejemplos son para indicar que Dios es Quien sana, y que Dios sana a quién quiere, dónde quiere, cuándo quiere y cómo quiere... porque Dios es soberano. Es decir : es dueño de nuestra vida y de nuestra salud. Y nuestra Fe consiste, no sólo en creer que Dios puede sanarnos, sino también en aceptar que El es soberano para sanarnos o no, y también para escoger la forma, el medio, el momento en que nos sanará.
Es así como Dios podría sanarnos milagrosamente. Hoy también se dan los milagros -“aunque Ud. no lo crea”-. Y cuando el Señor actúa así (extraordinariamente) lo hace para vitalizar la Fe de las personas: la del mismo enfermo, la de las personas alrededor de éste y la de los que reciban ese testimonio.
Dios sigue haciendo milagros hoy en día. Para cada canonización la Iglesia Católica requiere de un milagro comprobado. Para nombrar sólo un caso de los más recientes: en el proceso de beatificación de la Madre Teresa de Calcuta, se dio a conocer un milagro impresionante, no sólo por la gravedad de la enferma, sino porque la curación tuvo lugar en un asilo de las Hermanas de la Caridad, congregación fundada por ella, sucedió el día aniversario de su muerte, es decir de su llegada al Cielo y, adicionalmente, habiéndosele colocado a la paciente un escapulario que había estado en contacto con el cuerpo de nuestra futura santa, la Madre Teresa..
Sin embargo, en toda sanación el principal milagro es la conversión. Naamán -el leproso de la Primera Lectura- se convirtió al Dios de Israel: reconoció que no había otro Dios. El Señor suele acompañar sus sanaciones de un llamado a la conversión: “Tus pecados te son perdonados” - “Tu Fe te ha salvado” - “No peques más” - etc.
El Señor sana y sigue sanando. Sana cuerpos y sana almas. No importa el medio que use: puede hacerlo directamente, o a través de un instrumento escogido por El, o a través de médicos y medicinas. Pero sucede que la mayoría de los médicos creen que ellos son los que sanan, sin darse cuenta que también ellos son instrumentos de Dios, pues si Dios, que es soberano, no lo quisiera, tampoco se sanarían sus pacientes.
Quien sana es Dios. Y si algún enfermo sana a través de alguna persona, es porque Dios ha actuado. Jesucristo sanó directamente y realizó toda clase de milagros, no sólo de sanaciones, sino de revivificaciones, que son manifestaciones más extraordinarias aún que las curaciones. Y, además, realizó el más grande de los milagros: su propia Resurrección.
Por eso con el Salmo 97 alabamos al Señor por las maravillas que hace, porque nos muestra su lealtad y su amor y nos da a conocer su victoria.
Es importante tener una Fe, una Fe que cree que Dios es Todopoderoso y, además, soberano. Una Fe que acepta la Voluntad de Dios, que acepta que seamos sanados o no. Una Fe que, si se trata de que seamos sanados, acepta la sanación en la manera que Dios escoja. Una Fe agradecida, como la de Naamán, que alaba a Dios, construyéndole un altar, y como la del leproso que regresa a dar gracias a Jesús. Una Fe que recuerda que la principal sanación es la sanación del alma, que luego de una enfermedad física o de una enfermedad espiritual, nuestra alma queda re-establecida en Dios.
Que sepamos ser agradecidos, para que el Señor pueda decirnos, como al leproso del Evangelio que se regresó a dar las gracias: “Tu Fe te ha salvado”.
Pero la Fe debe, además, ser capaz también de sufrir, como sufre San Pablo en la Segunda Lectura (2Tim. 2, 8-13): “sufro hasta llevar cadenas como un malechor”, sabiendo que “la Palabra de Dios no está encadenada”.
Todo lo contrario, la Palabra de Dios cobra fuerza en la persecución, pues el sufrimiento hace fructificar la gracia. La sangre de los mártires, se ha dicho desde el comienzo de la Iglesia, riega la semilla de nuevos seguidores de Cristo. Por eso San Pablo es capaz de aceptar el sufrimiento de la persecución y la cárcel por amor a Cristo y a los elegidos, “para que ellos también alcancen las salvación y la gloria eterna”.
Es nuestro ejemplo en la evangelización: llevar la Palabra de Dios a quien quiera aceptarla, con prudencia, pero sin temer las consecuencias, porque “si morimos con El, viviremos con El. Si nos mantenemos firmes, reinaremos con El. Si lo negamos, El también nos negará. Si le somos fieles, El permanece fiel”.

A Cura dos Dez Leprosos

A cura dos dez leprosos
Caminhando rumo a Jerusalém, passando entre os povoados, Jesus é surpreendido por dez leprosos. Eles, ao tomarem conhecimento de quem estava passando, gritavam: "Jesus, Mestre, tem compaixão de nós!" (Lc 17,13). Sabendo do que eles necessitavam, ordena que se apresentem aos sacerdotes (Lc 17,14) para receberem o atestado de cura e cumprirem as prescrições legais e cultuais. Os responsáveis para avaliar a cura e a possibilidade de reintegração ou não na comunidade, eram os sacerdotes. Enquanto caminhavam, ficaram curados (Lc 17,14); mas somente um, o samaritano, voltou para agradecer (Lc 17,15), enquanto os demais seguiram o caminho ao encontro dos sacerdotes. Jogando-se aos pés de Jesus, o samaritano agradeceu pela cura. Jesus lhe disse: "Levante-se e vá. Sua fé o salvou" (Lc 17,19). Por que só um retornou para agradecer? Possivelmente os outros nove tivessem considerado a cura não como misericórdia de Jesus, mas um direito alcançado. Portanto, não havia motivos para retornar e agradecer. Jesus surpreende-se, não tanto por esperar ser reconhecido e admirado por todos, mas sim pelo fato de que os outros nove curados não tinham percebido que ele, o Mestre, estava comunicando uma nova relação entre Deus e as pessoas. Para agradecer a Deus, não é suficiente a execução de ritos sagrados, por mais importantes e belos que sejam. O que move a atitude da gratidão é a "experiência da graça". Só quem discernir no caminho da vida os inúmeros sinais da graça de Deus é capaz de voltar para trás e agradecer. É costume agradecer por algo bom que recebemos. Agradecer ao Deus da vida, do amor, da paz e da justiça até que é fácil. Mas é muito difícil quando o sofrimento, a incompreensão, a perseguição desafiam nossa fé no Deus da vida e da graça. À luz do mistério da Paixão de Jesus, podemos compreender que as provações da vida nos tornam resistentes e perseverantes. Então, por que não agradecer o Pai pelos sofrimentos que passamos? Agradecer-lhe pela força que nos dá à luz da ressurreição de Cristo, porque lutar não é em vão. Enfim, Jesus convida todos a participar de sua missão. Que ninguém fique de braços cruzados e indiferente. Inseridos na sociedade, tornemos visível o amor, a solidariedade e a gratidão. Voltemo-nos para o Senhor, como fez o leproso samaritano ao perceber-se curado. Sejamos plenos de gratidão, reconhecendo que nossa vida é formada pela ação amorosa, sempre curativa e libertadora de Deus!

sexta-feira, 5 de outubro de 2007

27° Domingo do Tempo Comum ( Pe. Carlo B.)

A Palavra de Deus que a Liturgia hoje nos oferece, diz respeito a um dos desejos mais bonitos de toda pessoa que não interprete a sua dimensão espiritual somente como uma das tantas coisas da vida, que não se detêm nas praticas religiosas mas entra no maravilhoso caminho da fé. Caminho este tão fascinante quanto tão mal interpretado e instrumentalizado.
Se entre a metade de 1800 até o século passado estava em auge o mito do homem capaz de viver autonomamente, desvinculado de qualquer dimensão transcendente que, segundo o dizer comum, era aliciante e extraia a pessoa do verdadeiro mundo, hoje esta visão mostrou plenamente seu fracasso. Teorias como aquelas, evidenciaram sociologicamente e existencialmente sua intrínseca inconsistência. De fato, a tentativa de eliminar a fé no coração das pessoas por meio de violências praticadas por regimes nomeadamente ateus, resultou numa perca de identidade dos próprios povos. Este fato se retorceu sobre os mesmos sistemas, derrotando-os a partir de seu interior. O mesmo ocorreu no contexto existencial, no caso de outros sistemas economico-culturais que quiseram substituir o anseio profundo do coração do homem pelo mito do bem-estar: acabaram vítimas da fuga em massa e da desconfiança difusa. Drogas, violência, complicação dos relacionamentos interpessoais, depressão e neurose generalizadas, fuga da responsabilidade do individuo com a vida, diminuição da natalidade e mais ainda, são os efeitos da violência subliminar praticada como método, a fim de impor um sistema controlado e controlável.
A história ensina que toda vez que se forçam as situações num sentido, inevitavelmente se prepara o terreno para o seu oposto o qual, freqüentemente, irrompe de forma desequilibrada. O contexto no qual hoje vivemos é caracterizado justamente por uma proliferação descontrolada de formas de fideísmo. Somente em torno do ano 1000, quando as pessoas esperavam pelo fim do mundo, se registrou um número tão elevado de formas e práticas religiosas excêntricas quanto hoje. Como era por se esperar, ao lado de uma fé sadia e equilibrada, que envolve o homem, como diria Jesus: “com todo o coração, com todas as forças e com toda a alma”, estamos assistindo à proliferação de seitas e formas religiosas; proliferação proporcional ao integralismo pregado por estas. Clara manifestação esta de que, também a vida interior foi minada pelo mesmo principio da fuga: quanto menos se pensa melhor fica, quanto mais claras e rígidas forem as regras, tanto menos precisa se envolver. Obviamente não é esta ligação irracional e fundamentalista que pode ser chamada “fé”. Crendice e fé são duas coisas completamente diferentes.
Percorrendo a Escritura se nos apresenta uma imagem muito bonita da fé, totalmente distante de qualquer exaltação irresponsável.
São Paulo aos cristãos de Roma aponta em Abraão o símbolo da fé nestes termos: «Pois que diz a Escritura? Abraão creu em Deus, e isso foi considerado como justiça» (Rm 4,3); isto é: Deus reconheceu em Abraão a atitude ideal no relacionamento do homem com Deus. Muitos outros personagens na Bíblia são conhecidos como pessoas “de fé”, primeira entre todas Maria de Nazaré. Ora, embora em todos os casos narrados na Escritura a “fé” tenha momentos fortes e únicos, todavia nunca a fé é vista como o gesto de um acontecimento isolado, quase que extraído do conjunto da vida da pessoa que o faz.
A fé é sempre resultado de uma posição assumida, de uma atitude fundamental pela qual a pessoa se coloca diante de Deus com todo o conjunto da sua existência. A fé é ligada a historia, ao tempo, à vida construída entre duas pessoas que se colocam, dialeticamente, uma diante da outra, com responsabilidade recíproca e comprometedora. Qualquer ato de fé é o momento de um processo; um processo que tem origem na opção fundamental com a qual acolhemos Deus assim como Ele é (e não como a imagem daquilo que nós achamos). Este processo continua no tempo, pela adesão dada através de uma história nova que se constrói a partir do próprio ato de fé.
A fé, logo, não se improvisa nem “cai do céu”, isto é o que ainda não haviam compreendido os Apóstolos, aos quais Jesus respondeu que fé deles era menor do que um grão de mostarda. De fato, bem pequeno tinha sido o percurso feito com Ele; bem pouco haviam entendido de sua pessoa! A história vivida com Jesus não era suficiente sequer para entrever o verdadeiro mistério do qual era portador. Nem o sofrimento e a derrota os Apóstolos haviam conhecido, nem sabiam o quanto era grande o poder e as forças do mal e quanto maior destas fosse a fidelidade do Pai ao amor do Filho...
Quantas coisas não conhecemos de Jesus ! Quão pouco caminho percorremos junto com Ele e já nos iludimos de possuir uma grande fé! Quanto ainda não acreditamos que a sua fidelidade é tão grande que é capaz de modificar nossa vida plenamente. Os Apóstolos tinham um santo desejo, sim, mas este devia passar por uma história, uma longa história construída dia após dia, pois a história é realmente o filtro de nossa fé, é ela que nos diz claramente em que medida somos capazes de “dar um crédito” a Deus. E isto se aprende, não se improvisa!
A origem da palavra “fé”, na Escritura, é ligada a duas atitudes, vinculadas uma à outra e dependentes reciprocamente: fidelidade e confiança. Fé, nestes termos, é a certeza baseada sobre a fidelidade recíproca entre Deus e o homem.
Naturalmente é algo que precisa de tempo para se descobrir; sabemos quanto uma pessoa nos ama pela sua fidelidade e pelo crédito que é capaz de dar. A descoberta do significado da fé é lenta, paciente, não ostensiva e imediatista. Somente dentro do nosso coração “sabemos” o quanto Deus nos amou, não obstante tudo...; sabemos quanto Ele foi fiel quando não o fomos...; sabemos quanto podemos contar com Ele. Fé não é um sentimentalismo que nos dá sensações de tranqüilidade e pacífica abstração dos dramas do mundo. Fé é um envolvimento pessoal que toca cada uma e todas as fibras do nosso ser; é uma atitude que se enraizou com o tempo e que se fundiu conosco. Quem possui a fé a traz consigo esta dimensão e com ela modifica qualquer contexto profano ou laicista, que exclui a lógica divina. É uma dimensão de vida de fidelidade e confiança em Deus que aprendemos no coração e com decisões que correspondem às decisões que Jesus de Nazaré (e não uma imagem de um Jesus ideal, que existe somente na nossa mente) tomou para si e para com as pessoas. A fé realmente liberta porque compromete no envolvimento e na fidelidade.
Quando tivermos aprendido quanto é fiel Jesus, quanto Ele é capaz de dar um crédito a nós, quanto também nós somos capazes de “crer” Nele, então teremos a certeza de que até o que nos parece impossível acontecer em nossa vida, o que parece já ser um dado de fato que não tem como mudar, pode ser mudado como uma amoreira da terra para o mar.
É a força do amor, descoberto passo-a-passo através da fidelidade e da confiança.

27º DOMINGO DO TEMPO COMUM

A fé humilde
No Evangelho deste domingo, Jesus propõe o exemplo da semente da mostarda, que de minúscula se transforma em uma árvore. Para ele, o problema da fé não está na quantidade, mas na qualidade. A fé, ainda que pequenina como a semente de mostarda, tem a força de realizar aquilo que pareceria impossível. Esse impossível aos seres humanos é descrito na figura da amoreira com suas raízes profundas e fortes, que se arranca e se transporta para o mar (Lc 17,6). Jesus conclui os ensinamentos com a narrativa do relacionamento do servo e seu senhor. Mesmo fatigado, o servo deverá cumprir sua obrigação: servir seu senhor sem esperar retribuição especial (Lc 17,7-9). Jamais o discípulo deve agir para esperar recompensas de seus méritos. Seu dever é empenhar-se totalmente no serviço perseverante do Reino (Lc 17,10). Tal modo de agir choca a mentalidade de hoje, onde a mínima prestação de serviço exige uma específica e qualificada gratificação.Hoje os discípulos que rezam: "aumenta nossa fé" são as comunidades, os agentes de pastoral com suas crises e busca de soluções para tantos problemas da vida, onde a corrupção, a violência e a impunidade andam soltas.No emaranhado complexo da história, os discípulos e missionários de Jesus são uma pequena semente fecundada pelo Espírito de Deus: sonham com o ideal de superar os maiores impasses. Uma realidade constantemente provocada pela tentação de ser presença ostensiva. Gratificante é ser cristão na hora do show. Difícil é testemunhar a fé na crise, manter a confiança diante de tantos problemas e alimentar a esperança perante o martírio. Fascinante é aclamar Jesus no sucesso. Menos confortável é reconhecê-lo e professá-lo na dor, na opressão, na violência e na perseguição. A proclamação e a acolhida da Palavra na celebração litúrgica fazem "a pequena semente" (a comunidade, a Igreja) crescer, até se transformar em uma frondosa árvore. Pela ação do Espírito Santo, faz-nos redescobrir e recuperar a auto-estima pela pequena semente. "O dinamismo missionário da Igreja não nasce da vontade dos homens que decidem se fazer propagadores de sua fé. Nasce do Espírito que atua nas celebrações litúrgicas, particularmente na Eucaristia. A missão não é nunca proselitismo ou mero serviço humano, mas decorre sempre da aliança que se constitui e se estrutura na Eucaristia e no partir do pão que é o próprio Cristo" (dom Manuel João Francisco, Ite Missa est, da palestra proferida em Santo Domingo).O encontro com o Senhor fecunda nossa fé e reanima o propósito de fidelidade no serviço sincero e gratuito da comunidade inserida na sociedade marcada pela violência e pela opressão. O Senhor renova sua palavra: "Não tenhais medo. Eis que eu estou convoco!".